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Durante el siglo XIX se desarrolla en Europa el Romanticismo, un movimiento que conlleva una profunda renovación de las artes y de la manera de ver el mundo. A nivel teatral, se revaloriza la figura de William Shakespeare y se proclama una mayor libertad creativa. En este contexto se crea un nuevo género, el drama romántico, que pretende ser un espejo en el que se pueda reflejar toda la sociedad.

El teatro romántico español coincide en sus líneas generales con el que se está produciendo en ese momento en Alemania y Francia. Se caracteriza por la voluntad de trasgresión, materializada en la mezcla de géneros, y por la combinación de verso y prosa. Se presentan acciones dinámicas que transcurren en diferentes tiempos y espacios y que requieren largas acotaciones explicativas. Las piezas, además, suelen tener cinco actos en lugar de tres. Uno de los temas más frecuentes es el amor, imposible y perfecto, y que se suele presentar con un trasfondo histórico o de leyenda. También son comunes las referencias a un poder abusivo y la aparición de héroes de origen misterioso, cercanos al mito, de destino incierto a causa de injusticias políticas.

Muchas de las fórmulas dramatúrgicas que se utilizan en este período siguen la tradición clásica, aunque se presentan con una forma renovada. Son obras que plantean grandes posibilidades escenográficas, que requieren nuevos efectos escénicos y nueva maquinaria. Es este, pues, un momento de transición en que se pasa de los corrales de comedias a la consolidación de los teatros a la italiana.